La noche más obscura

Después de aquel segundo cuando se rompieron los espejos de mi mundo, mi ego dejó de destellar y todo obscuro yo sin saber cómo brillar. Me di cuenta del engaño y la mentira, prometí jamás regresar al lugar donde nadie mira.

El olor de acetona comenzó a salir y me acorralaba sin saber por dónde ir. Los de negro caminaban como moscas hacia mí, un enjambre del que no podía huir. Seguía la letra del manual de instrucciones, atento escuchaba cada una de las canciones.

El que vendía afuera del monumento me protegía de aquel difícil momento. Amigo tú estás loco, me dijo, y cuando a ellos vio se arrepintió de lo que predijo. Hablé con el líder del monumento que con poca credibilidad hasta aquel sensible momento.

Cuando los vio detrás de im bajó a preguntarme qué hacía yo ahí. Le dije no sé me han seguido todo el día, y sin más me dijo que él con eso no podía. A la fuente del monumento fui, llorando con mi alma caí. Dos mujeres de cada lado llegaron y tomando mis manos consolaron.

Pedí que me dijeran qué estaba pasando, no entendía más, estaba colapsando. la mujer cubierta de cabeza descubrió, la respuesta inesperada que a mi mente abrió. Cada una con un amuleto en la mano para tener fuerza a forma regalo. Es un hombre que te puede ayudar, me presentaron y a solas poco a poco ellas nos dejaron.

De árabes rasgos y cigarros americanos, tranquilidad mental, por fin lograba mi estabilidad emocional. Lo que importa es en lo que crees, no en lo que ves. Se tenía que ir me dijo, era tarde y así se despidió con un abrazo grande. Luna fría de invierno, pero yo insistía en sufrir en aquel infierno.

La noche más obscura llamé, nunca duran para siempre oré.

Quería escribir una pero escribí otra. Muchas veces no se elige lo que se escribe, se escribe porque también de las letras se recibe.

Desorbitados

Más por las noches que por las tardes, más por necesidad que por gusto, aquella masa irregular que reclama por su espacio, llega para empezar a expandirse y comenzar a bailar. No lleva una lógica, porque si así lo fuera no podría existir. Ella está fuera de toda lógica y de toda ley, por lo menos una ley conocida. Es su hábitat así que ella sólo existe por el simple de existir.

No habla lenguajes de palabras, diría que tiene una forma muy particular de comunicarse. Cada vez la entiendo más comprendiendo menos. Porque comprender lleva a una estructura de pensamiento y ella no piensa, sólo sabe. Porque cuando lo sabes todo, dejas de pensar. Pensar es una búsqueda de conocimiento y existir es conocerlo todo.

Sutil o intempestiva, pero siempre sin control.

Aún no la puedo conocer totalmente. Dice que son mis miedos, yo digo que estamos desorbitados.

El pescador

El pescador

Estamos acostumbrados a los ciclos de 24 horas, a los de 365 días pero no a los de 3, 500 años. ¿Cuántas personas hubieran deseado estar en este momento de la historia? Me siento afortunado. Es una ligera nostalgia por aquellos tiempos prehistóricos que cuentan los abuelos y que tanto aprendimos de nuestros padres. Pero esa nostalgia se opaca con el gusto de tiempos verdaderamente modernos que están prontos a venir.

El gran día 4.4.4 empieza a las 6:11 UTC, los triángulos comienzan a alinearse para encontrar aquella puerta que de nuevo que no veían desde hace tiempo. Verdadera coincidencia de ángulos en aquellas formas geométricas, coincidencia que terminará con el número 21.12.4.

4.5 millones de semillas en todo el planeta fuimos llamadas a aquella alineación estelar. Es el momento clave de la historia para prender las velas e iluminar magnéticamente a nuestra nueva tierra. El momento sucedió como una pequeña distorsión. Una conjunción de fuerzas en todas direcciones. Círculos concéntricos que bajaban sobre mí, sobre nosotros. Figuras geométricas brillantes en la obscuridad de aquella verdadera vista. Entendí, aún sin llegar a comprender, la existencia de un idioma universal. Supe en aquel instante que la comunicación no tiene límites y que traspasa hasta los lugares más lejanos que aún nuestra mente no imagina. Todo sucede con la simplicidad de cerrar los ojos y abrir la vista.

La energía cálida recorría rápidamente mi cuerpo en todas direcciones. Yo no pude más que estar completamente inmóvil y dejar que aquellas hormigas subieran por mi cuerpo. Un juego de remolinos en mi pecho y mi garganta y una suave expansión de toda mi cabeza. Era una torre de alta tensión de donde salían raíces que iban hasta lo más profundo de la tierra haciendo más sólida su base, arriba de ella una energía más luminosa que como corona destellaba los más bellos espectros. Todos comunicados, interconectados. Mis hermanos y yo estábamos haciendo magia.

Una dimensión no es un tiempo o un lugar. Es un nuevo estado de consciencia. Ahora comenzaremos a ver las cosas con diferente perspectiva. Nos comenzaremos a cuestionar el por qué de lo que hacemos, nos preguntaremos cuál es el propósito de nuestra vida, lo que antes hacíamos como parte de nuestra rutina diaria hoy lo veremos con diferentes ojos más críticos, comenzaremos a ver la simplicidad de la vida, de la naturaleza y de nuestras relaciones personales. Veremos la vida desde diferentes enfoques.

Siempre hay un proceso para abrir los ojos, no sé cuál sea el tuyo. Tú lo decidirás. Puede ser que no entendamos el proceso cuando estamos dentro de él, pero después estando fuera y a la distancia, entenderemos que se necesitan ciertas experiencias para llegar a diferentes niveles de entendimiento, de consciencia.

Nuestro planeta, entendido como un ser vivo pero expresado en diferente materia a la de nosotros, también necesita evolucionar y lo está haciendo de forma inminente. Su nivel de consciencia es tal que no se resiste al cambio. Nosotros viviendo dentro de él como sus huéspedes tendremos que adaptarnos y caminar junto con él hacia ese mismo estado de consciencia. No podemos caminar a la par en diferentes dimensiones. Sé que por el momento suena complicado entender que un cuerpo “inerte” busque mejorar su consciencia. Pero poco a poco lo entenderemos.

Cuando nos resistimos sólo nos causamos dolor, mientras que cuando contemplamos, entendemos. Eventos que a primera vista son caóticos suceden y sucederán en nuestro planeta inevitablemente. Y contra la palabra “inevitable” no hay nada más que “entendimiento”. Un entendimiento que no está fuera de nosotros, en ningún libro ni en ningún noticiero, tampoco en símbolos, ni en poderes que creemos son externos y lejos de nosotros, en ninguna parte ahí. Esa fuerza sólo está dentro de nosotros mismos, en el interior, encontrando la verdadera fuente, la fuente del todo.

Debes estar tranquilo y contento, estás escribiendo historia. Sólo cierra los ojos e imagina el mundo perfecto que por más utópico que parezca, está próximo a convertirse en realidad.

.

.

.

Aviones de papel

Los días transcurrían con la pesada sensación de sueño que me hacía quedarme sobre aquella vieja cobija, que puesta sobre el suelo hacía las veces de cama. El dormitorio, como le llamaban, era demasiado pequeño para aquellos sueños tan grandes, la cantidad de frustraciones, los enormes deseos, las desesperadas ansiedades y las pequeñas mascotas diminutas que se alimentaban de nosotros cual hijas de Bram Stoker.

“Es depresión”, me decía mi más reciente amigo mientras me daba la mitad de un bolillo duro que ya no sabía tanto a bolillo duro. La estricta alimentación vegana basada en zanahorias hervidas como desayuno y comida, así como el agua de la llave, provocaba una extraña sensación en mí a la que jamás había accedido. Se llama hambre. Nunca había entendido el concepto. Siempre creí que tener hambre era haberme pasado unas horas del horario de comida, o en casos más extremos no haber desayunado porque era tarde para salir a trabajar. Pensaba también que hambre era sinónimo de antojo de un fudge enorme, un helado de naranja, unas galletas de chocolate con sal, unos macarrones de matcha o mejor aún de queso de cabra. No, hambre es necesitar comer como modo de supervivencia. Y sí, era depresión.

Me quedé recostado todavía después de aquel banquete. Hurgué bajo mi chamarra que también ya se había convertido en almohada y debajo de ella encontré ciertos tesoros que había guardado unos días antes. Mi primer tesoro fue una liga, pensé que para algo bueno serviría, había visto series de televisión donde los objetos más simples se pueden volver en un arma mortal o mejor aún tu boleto a la libertad. Una bolsa vacía de plástico a la que seguramente le encontraría alguna funcionalidad. Y una hoja de papel con textos religiosos que utilicé para armar un avión. Sabía que en el algún momento de mi vida la palabra de Dios sería de utilidad en mi vida.

Aviones de todas formas y colores, algunos militares, otros brillantes, unos de punta chata u otros más estilizados. Estábamos mi papá y yo volando aviones de unicel en el parque, tendría 6 años quizá. Eran los aviones de moda que se vendían en unos sobres de papel con contorno amarillo. Adentro del sobre el cuerpo del avión, las alas y otros pequeños pedazos de plástico para que pudiera volar después de aquel impulso infantil. Me gustaba lanzarlos y ver cómo siempre volaban de forma caprichosa. Nunca entendí por qué a veces volaban en picada, otras volaban alto pero caían de inmediato y en las mejores ocasiones lograban mantenerse y volar recto. Mientras, mi hermana y mi mamá comprando helados para aquellos pilotos que seguro tendrían calor después de aquella batalla aérea. Ese momento se convirtió en eternidad, la tarde perfecta de verano, mi familia, el parque lleno de niños desafiando las leyes de la física, madres sentadas en las bancas, gente por todas direcciones, globos multicolores, aire con olor dulce de algodón y la orquesta de sonidos crujientes de chicharrones y papas fritas. Era mejor que un cuadro de Diego Rivera. Era una eternidad.

Volaba solamente de arriba a abajo aquel avión con la palabra de Dios. Era la única diversión que podía tener en aquel momento, no podía levantarme de aquella cama más que para ir al baño a una distancia de 4 metros, con la velocidad de 1 minuto para aquellas necesidades. Me preguntaba mientras subía el avión: “¿Cuánto tiempo estaré aquí?”, “No lo sé”, me respondía mientras caía en picada el avión. “¿Qué opciones tienes?”, volvía a subir. “Adaptarme” me respondí. Entendí agarrando el avión como sujetándome de mis ilusiones, que la realidad que vivía por aquellos días era inevitable, implacable e impositiva. Y también “imperante” me faltó agregar. La realidad es que quería estar fuera de ese lugar, pero no lo conseguiría por lo menos en aquel preciso momento. También aquella tortura parecía una eternidad pero no permití pensarlo así, todo termina en algún momento. Por más gris y obscura que era la situación por aquellos días sabía que no sería para siempre. Así que con dolor acepté las circunstancias. Eso no podía cambiar. Lo que sí podía cambiar era la forma en la que tomaba aquellos eventos desagradables. Llevaba días en aquel confinamiento y estaba cansado de mis pensamientos catastrofistas, de los pensamientos enojados, de los tristes y dolorosos, de los optimistas también. Me cansé de recordar el pasado y de mutilar el futuro. Abrí los ojos y lo único que tenía era una liga, una bolsa de plástico, mi chamarra-almohada, un avión de papel y mi cordura. Supe que para aquel turbio presente era lo único que necesitaba, no más.

Me levante de la cama-cobija, caminé 6 metros y entré en el otro salón, pequeño también, que hacía las veces de comedor, de gimnasio, de iglesia y en aquel momento de fábrica para los obreros aburridos que habían entendido el funcionamiento de aquel lugar. Me había rehusado a trabajar porque no veía justo mover mis manos para producir y sin ganar algo a cambio. Marx, se había equivocado. “Quiero trabajar”, dije.

Aceptaron mi solicitud de empleo. Nunca había sido tan fácil conseguir un trabajo. Empecé a poner hilos en etiquetas de ropa. Nunca me había imaginado que alguien hiciera ese trabajo. Siempre compraba ropa sin imaginarme los pequeños detalles que hay detrás de todo. Metía hilo tras hilo y mi mente se calmaba poco a poco. Platicaba con mis nuevos amigos de mesa de trabajo. Parecía un focus group de mi antiguo trabajo, pero más divertido ahora. Todos se habían sorprendido que aquella persona que ellos creían de otro nivel social estuviera haciendo esos trabajos. No entendí nunca su sorpresa. Nunca me consideré “diferente”, como ellos me decían, ni yo a ellos. Fue un momento divertido, la música regional inundaba la atmósfera, la gente cantaba y sudaba con el calor. Algunos bailaban mientras otros hablaban en un idioma que no lograba entender del todo. Llegó pan dulce como salario para aquellos obreros trabajadores, atole para los sedientos. Pedí un cigarro financiado a plazos y agradecí el sistema de las tiendas de raya. Todos trabajábamos unidos, con un solo objetivo, disfrutando de las mieles que nos da el capitalismo. El lumpen proletariado triunfaba una vez más. Volaban bolillos de un lado a otro como aquellos aviones en el parque. Era una eternidad.

Semillas

Sin saber cuántas semillas somos, cada vez encuentro más plantas de nuestra misma especie.

Algunos tienen micrófono para cantar los ritmos de años luz, otros riman haciendo coincidir trigonométricamente sus palabras como lanzando una cuerda con las claves de nuestra caja fuerte. Unos más hacemos de la prosa los versos. De la mente un estandarte y de la corona, las trincheras. A todos la palabra que nos une.

Desperdigadas por todo el campo fuimos las semillas. Girasoles codificados que con el dolor de su impulso encontramos el verdadero transcurso. Despertando girasoles por toda la tierra, explota la materia. Materia en forma de caracol que siendo nada lo invade todo.

Semillas genéticamente modificadas, mezcla de tierras, colores y tiempos eternos. Ahora comprendo que no son experimentos, somos pensadas estrategias de permanencia.

Un día los girasoles harán brillar de lo profundo de sus raíces la luz que llevan dentro, todos mirando al rey en perfecta armonía y conjunción.

Inconexos y solitarios se sienten los girasoles sin darse cuenta que todos son parte de la maquinaria del reloj, cada uno engrana con el otro en ese perfecto destino de laboratorio.

Semillas de tierra caliente y fértil que abundan el campo del sur. Bailando con su danza natural para polinizar a todo el mundo con sus reflejos.

Hoy comienzan a electrocutarse, a reconocerse y dispersarse, mañana comenzará el pasado que ayer nos ocultaba entre las sombras marchitas. Uno.

Caballero acuario

En medio de las guerras de palabra, los conflictos de verdad y las batallas de los aires, brillará de nuevo la luz. La que viene de la madre antigua y que con esperanza ve el destino en los ojos de su hijo. Ella que viene de viejas épocas dará a luz al brillante sol. Ese sol que se mueve por el viento.

Ella lo cuidará sobre su pecho hasta que cuando listo esté para la pelea se desprenda de la vía láctea que lo une. La madre que anuncia la llegada de su hijo con tres cascabeles sobre su mano derecha y vestida con los velos obscuros del mar, pronunciará su nombre con el fuerte viento para que todos conozcan de su llegada. Ella, la fuente que proviene del mar, removerá con sus olas lo más profundo de sus tristezas, llorará hasta vaciar su alma, sufrirá hasta morir. Sólo así podrá ver el fruto de su creación. Bendiciones saldrán de la boca de la madre para guardar el destino del hijo.

El caballero del viento habrá nacido y todos habremos recordado desde nuestros siete puntos cardinales la existencia del universo.

70:7

“70 veces 7, el mensajero de Dios está por llegar” y abrí los ojos de aquel sueño donde un hombre me decía un completo mensaje sin sentido para aquel momento.

Salí de la cama, tomé un baño y después ahí frente al espejo pensaba cuál había sido la razón de aquel sueño. Nunca había sido alguien cercano a una religión, una creencia o algo espiritual como para haber tenido ese sueño. Dicen que los sueños pueden ser reflejo de películas o cosas que se viven en el día. Mi vida mundana y mi gusto por las series de acción tampoco encontraron razón para aquel sueño. Todo aquel día tuve una sensación de lo más extraña, un mal presentimiento, algo así que se siente el pecho, no un dolor, es algo más profundo. Me sentí triste y con una angustia muy peculiar. Trate de descifrar el mensaje pero sin lograrlo preferí olvidarlo.

Dos días después, un martes a las 13:14 horas comienza la pesadilla para muchas personas en México. Un terremoto de grandes magnitudes y un tiempo tan prolongado que parecía una eternidad hacen que la Ciudad de México se colapse entre el caos. Edificios caídos, polvo, tierra y ruinas por las colonias más emblemáticas, avenidas paralizadas por el tráfico, eran las fotografías de un caos que inundaban aquel Ángel dorado independentista de mi ciudad.

Las calles llenas de gente caminando en todas direcciones tratando de llegar a sus casas, los servicios de transporte apenas soportando la cantidad de gente desesperada. Las tiendas vaciándose hacia una promesa de desabasto, filas para poder comprar un poco de leche y papel de baño.

Yo, caminando bajo el sol aquella tarde, con sed y con el 2% de esperanza en el que labatería del celular fuera suficiente para comunicarme con mi familia. Las calles eran una mezcla de un silencio sepulcral y una tormenta de sirenas de patrullas, ambulancias y gente del ejército por todas direcciones. Me quedé parado en medio de aquel puente peatonal que me llevaba a la puerta de mi casa, fue ahí donde entendí que ese día era el inicio donde todo comenzaría a cambiar. Los cambios son dolorosos.

Como siempre busqué una razón que me explicara el por qué de ese evento. Concluí que necesitábamos una sacudida en nuestros edificios para que se pudieran sacudir nuestras consciencias. Nuevamente, lo que sucede en macro, sucede en micro. Muchos nos empezamos a preocupar por los otros, los que tenían menos, los que lo perdieron todo. Nos volvimos más sensibles y encontramos que uno de los objetivos por los que estamos aquí es por nosotros y por consecuencia por los otros. El país se volvió Uno por primera vez en esta época moderna.

Aquella mañana de domingo abrí los ojos de ese sueño, mi respiración estaba agitada y mi mente confundida. Comencé a bañarme y ahí bajo el agua de la regadera recuperaba mi respiración. Frente al espejo, mientras me rasuraba, sentía que no me reconocía, no era la primera vez que me pasaba, varias veces encontraba a un extraño, ver a un desconocido me causaba miedo. Las rutinas ese día se volvieron un caos, abrí el clóset y esa vez no quise elegir la ropa “adecuada”, solo tome unos pantalones, una playera y salí a trabajar.

En el trabajo una compañera me pregunta: “¿Qué tienes Gon?”, “No lo sé, creo que es angustia y tristeza pero no se por qué ” Tomé la taza de porcelana y probé un poco de café.